—Cariño, ¿has llamado a la Compañía de Reemplazos?

En el mismo momento en que escucha la voz, Gabriel cierra el grifo. Deja de fregar los platos, levanta la vista y en la ventana de la cocina encuentra el reflejo de Iría, su esposa, que lo observa a través de dos ojos convertidos en puntos de luz. Ella se le acerca por la espalda, roza su cabello, atravesándolo, y entonces, cuando el pelo de la nuca de Gabriel comienza a encresparse, llaman a la puerta.

—Será el técnico —dice Gabriel—. ¿Vas tú?

Ella sale de la cocina. Gabriel acaba de secar y recoger los platos. Sale al salón y allí descubre a su esposa sentada en el sofá, con el gato ronroneando a sus pies. El técnico ha ocupado el único sillón de la estancia, frente a la mesita de té. Gabriel saluda y se sienta en el sofá.

—El gato no funciona —dice ella.

El técnico la mira detenidamente. Un instante después, gira la cabeza hacia Gabriel y dice:

—¿Quiere que proceda con la prueba, señor? —Gabriel asiente sin decir una palabra—. Como sabe —añade el técnico—, todo quedará registrado. Si quiere consultar algún detalle posteriormente, solo tiene que llamar a la Compañía de Reemplazos.

Gabriel vuelve a mover la cabeza arriba y abajo.

—¿Es que no me ha oído? —dice Iría—; le he dicho que el gato no va bien.

El técnico abre una pantalla holográfica, la sitúa a unos centímetros por encima de su regazo y comienza a teclear en ella. Transcurrido medio minuto, levanta la cabeza.

—Los reemplazos no fallan, señora.

—El nuestro sí —dice Iría.

El técnico sonríe educadamente y mira al gato por primera vez.

—¿Quién se ocupa de él?

—Es de nuestra hija. Se llama Orión —Iría mira a su marido y sonríe—; es un regalito de papá.

Gabriel también sonríe aunque lo hace solo durante un momento. Estira un brazo. Roza el dorso de la mano izquierda de su esposa con los dedos y al hacerlo el bello de que asoma por la manga de su camisa se eriza.

—Muy bien… —dice el técnico, volviendo a teclear—. Ha dicho Orión, ¿verdad?

—Así es.

—Perfecto, ¿y cómo se llama su hija?

—Ana.

—Ana…, —y teclea—, muy bien, muy bien… —y teclea y cuando parece haber terminado, dice—: ¿puedo ver la fuente emisora?

Iría se levanta del sofá. Se acerca a una estantería de madera y se pone de puntillas. Estira los brazos y, con los dedos extendidos, trata de alcanzar una de las dos esferas negras que descansan sobre la parte superior del mueble. El técnico la observa y toma notas.

—No sé que pasa… —dice Iría, aún estirada, con la luz procedente de la cocina distorsionando su silueta—, no llego —se vuelve hacia Gabriel—; ¿me ayudas, cariño?

Gabriel Sonríe. Se levanta y alcanza la esfera de menor tamaño, similar a una naranja, pero negra y de perfectas y simétricas dimensiones. El matrimonio vuelve a sentarse en el sofá y él deja la esfera en la mesilla de té, frente al técnico.

—¿Quiere que la abra? —dice Iría.

—No —contesta el técnico—, yo me encargo.

—¿No necesita la otra esfera? —pregunta Gabriel.

—Están sincronizadas, ¿verdad?

—Así es.

—Entonces no se preocupe, con una será suficiente.

Y tras terminar la frase, el técnico alarga un brazo y presiona una pequeña hendidura oculta en la mitad de la esfera. Un segundo más tarde, el color negro de su superficie comienza a disolverse; muy poco a poco se transforma en una neblina grisácea y esta, a su vez, se desvanece como una nube de vapor de agua. La esfera se vuelve transparente y en su interior aparece un pequeño cerebro conectado a dos docenas de sensores celestes.

—¿Se os ha caído alguna vez? —dice el técnico.

—Nunca —contesta Iría.

—¿Motivo del reemplazo?

—Accidente de tráfico —dice Gabriel.

El técnico asiente, anota en su pantalla y, sin levantar la vista, añade:

—Es un modelo de quinta generación, así que la distancia a la fuente emisora no debería ser un problema; ¿juegan con el gato en el jardín?

—Sí, muy a menudo —dice Iría—, sobretodo mi hija. ¿Quiere que la llame?

El técnico mira a Gabriel durante un segundo, se rasca la cabeza y vuelve a teclear.

—No se preocupe, señora, no quiero molestar.

—No es molestia —Iría se levanta y camina hasta las escaleras que dan a la planta superior—. ¡Ana, baja un momento, por favor!

El salón se queda en silencio. Los tres se miran los unos a los otros, y entonces, al cabo de medio minuto, Iría vuelve a gritar:

—¿No me has oído, hija? ¡Solo será un momento!

—Vamos, cariño —dice Gabriel—, déjala en paz; estará escuchando música.

—¿Seguro?

—Claro. Vamos, siéntate.

Reticente, Iría vuelve al sofá. El técnico se inclina sobre la esfera. Teclea en su pantalla. Vuelve a erguirse, teclea otra vez y le enseña la pantalla al matrimonio: en ella se muestra un escáner cerebral.

—El cerebro de su gato se conserva en perfecto estado —dice, señalando a la imagen—. ¿Ven? Todo amarillo y naranja. Las conexiones sinápticas de Orión son normales, la psicomotricidad está intacta y el hemisferio izquierdo presenta incluso mejor actividad que en el cuerpo original —el técnico hace una pausa y vuelve a situar la pantalla cerca de su regazo—: ¿Cuál es exactamente el problema del gato?

—No es el de siempre —contesta Iría—. Hace cosas raras.

—¿Cómo qué? Y no me diga que es poco cariñoso… —El técnico mira a Orión, que ha cambiado de sitio y ahora descansa acurrucado a los pies de Gabriel.

—Orión es muy cariñoso; tendría que verlo jugar con nuestra hija… —Iría gira la cabeza y grita—: Ana, ¡baja, por favor!

—Venga, cielo, ya está bien.

—No me gusta que me tomen por tonta —dice ella—. Ya sé que algunos gatos no son cariñosos, pero Orión lo es, ella puede decírselo…

—Su gato funciona perfectamente, señora; hasta la última neurona está intacta.

—Eso no es posible.

—Relájate, cariño. Seguro que todo tiene una explicación.

Gabriel intenta coger a su esposa de la mano, pero ella se aparta.

—¡Déjame! Ya os he dicho que Orión no es Orión, no lo siento igual.

—¿Se refiere a la palpación? —dice el técnico—. ¿Quiere que ajuste su temperatura?, ¿lo prefiere más frio, más caliente?

—No sea estúpido, ¿cómo va a ser la temperatura?

El técnico mira a Gabriel de reojo, que comienza a rascarse la sien.

—La temperatura es perfecta —continua Iría—, igual el olor y los sonidos; hasta me hace estornudar, pero, aún así… —baja la vista hasta encontrar a Orión y el gato muestra sus pequeños colmillos en un bostezo prolongado—. ¿No lo ve? ¿No se da cuenta?

—¿El gato la hacía estornudar?

—Sí —contesta Gabriel—, contratamos el paquete de sensorialidad extra.

—¿Y cuándo fue la última vez que estornudó, señora? ¿Lo recuerda?

Iría se queda pensando. Su cara se paraliza durante unos segundos y de pronto, como si acabara de recordar algo, reacciona y grita:

—¡Ana! ¿No me has oído? ¡Tenemos visita!

—Por favor, cariño…

Iría se pone en pie. Corre hasta la cocina y regresa con un canario encerrado en una jaula de plástico. El pájaro revolotea asustado de un lado a otro de la jaula, pero Iría lo ignora y deja la jaula en el suelo, justo delante de Orión; entonces abre la puertecilla situada en la parte delantera y comienza a hacerle gestos al gato con las manos. Orión bosteza. Estira sus patas delanteras mientras alarga la boca y tras dedicar al pájaro una mirada indiferente, vuelve a acurrucarse contra las piernas de Gabriel.

Iría, de pie junto a la jaula, ladea la cabeza.

—Ayer intentó comérselo —dice—. Lo vi abalanzarse sobre la jaula.

—Eso no es posible, señora —dice el técnico—. Es un holograma y, lo que es más importante, sabe que lo es. Todos los reemplazados lo saben, es algo instintivo, igual que un recién nacido sabe que no puede respirar bajo el agua.

—Pero, ¿qué ocurriría si lo que dice mi esposa es cierto? ¿Y si Orión hubiera olvidado que es un holograma?

—En ese caso el gato se habría vuelto loco.

—¿Cómo dice?

—Piénselo bien; imagine a Orión lanzándose contra el canario; imagínelo atravesando al pájaro con sus garras y dándose cuenta de que este no sufre el menor daño. ¿Qué efecto cree que esto tendría en su mente? Si su gato hubiera atacado al canario, su cerebro se habría cortocircuitado, se lo aseguro.

—¿Me está llamando mentirosa? —salta Iría—, Ana también lo vio, ella se lo dirá… ¡Ana, haz el favor de bajar!

—Escuche, señor —dice el técnico, mirando a Gabriel fijamente—, si un reemplazado olvida que es un holograma y luego vuelve a recordarlo de repente, lo más probable es que su cerebro sufra daños irreversibles y tengamos que desconectarlo; no obstante, haré lo que usted prefiera.

—Nadie me aviso de esto…

—Su reemplazo funciona perfectamente; ¿verdad qué usted sufre deja vus de vez en cuando? Pues es lo mismo: un bucle de memoria, un pequeño arrebato sin importancia. Por lo demás, el reemplazo es operativo. Si desea más información sobre los términos de compra de reemplazos, así como de las cláusulas relativas a los bucles de memoria, le sugiero que revise su contrato: ahí encontrará dosieres que le serán de gran utilidad.

Conforme acaba de hablar, el técnico cierra la pantalla y se levanta del sillón.

—¿Y ya está? —pregunta Iría—, ¿ya se va usted? Así, ¿sin más? Orión no es el de siempre, ¿es que no lo ve? Espere a que baje mi hija. Ella lo confirmará todo, espere, no se vaya… ¡Ana, ya está bien! ¡Baja de una vez!

Iría sale corriendo. Sube por las escalaras a toda prisa y Gabriel, aún sentado en el sofá, comienza a acariciar el lomo de Orión. El gato ronronea y el bello de los antebrazos de su amo vuelve a encresparse.

—Dijeron que todo era reemplazable —dice Gabriel.

—¿Ha pensado en…?

—Solo pudimos recuperar dos cerebros tras el accidente.

—Ya veo.

Gabriel se levanta y acompaña al técnico a la puerta.

—¿Quiere usted presentar una incidencia, señor? —El técnico habla mientras consulta la dirección del siguiente aviso en la esfera proyectada de su reloj— Si nos da permiso, puedo desactivar los dos reemplazos activos en su cuenta. Incluso podría ofrecerle un reemplazo clónico de su gato; tenemos ofertas muy interesantes.

Los gritos amortiguados de Iría, repitiendo el nombre de su hija una y otra vez, reverberan en el salón. No se escucha nada más, ni nadie responde.

—¿Y bien? —dice el técnico—, ¿alguna queja, señor?

Gabriel abre la puerta.

—No. Ninguna.

Aitor Díaz Relatos

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