En un camarote amplio y forrado de roble, bajó dos luces amarillentas, Muriel se retocaba el maquillaje. Ya había terminado los labios, de rosa sutil, y con la sombra de ojos, pero el colorete se le resistía. Quizá fuera cosa del vaivén del barco, o de su pulso de cincuenta y tantos, pero el caso es que tras cada brochazo siempre pensaba lo mismo: rojo, demasiado rojo. Aunque el rojo, después de todo, era mejor que el morado. 

Una vez acabadas las manualidades, y ya embutida en su viejo vestido de bodas, Muriel subió a la cubierta de barco. Tenía que revisar el pastel. Un pastel con cinco pisos de altura, uno por cada cinco años de casados, y que ya debía estar presidiendo el banquete. Ella misma se había encargado de elegirlo, al igual que había seleccionado las rosas anaranjadas con motitas carmesí que decoraban los manteles de las mesas. También había discutido con el chef para que el brownie de chocolate estuviera hecho con la variedad de cacao selvático predilecto de su marido, y se había encargado del catering, de la banda de música, del cura, y del ambientador de vainilla que perfumaba el camarote de su suegra. Lo había hecho todo ella, como estaba mandado, y es que bastante tenía su marido con ser juez. El señor juez.

Muriel vio el pastel a lo lejos, perfilado contra un cielo negro y sin estrellas. Era como el original, aunque tenía un poco más de bizcocho para soportar la capa extra de merengue, y había florecillas de almendra salpicando sus bordes. Dos figuras de cera coronaban la cima. Marido y mujer. Él y ella, pero pulidos, sin arrugas; él y ella, como en las invitaciones de boda; él y ella, como cuando entraban en el banco…, siempre él, y luego ella.

Muriel comenzó a caminar hacia el pastel. Ofreció su mejilla perfumada a los invitados que encontró a su paso, y se dio cuenta de que su marido no estaba en cubierta. Lo necesitaba para cortar el pastel, para empezar la ceremonia. Él y ella, siempre, él y ella.

Recorrió el barco de proa a popa, pero no fue capaz de encontrarlo. Decidió volver a los camarotes, y entonces, mientras bajaba por unas delgadas escaleras de madera, escuchó gemidos. Procedían de una puerta gris, con el ojo de buey empañado. Se acercó a ella, y también escuchó golpes. Golpes y gemidos, gemidos y golpes, con un ritmo impaciente, ansioso, un ritmo que ella misma había sentido en sus propias carnes, mucho tiempo atrás. Bajó la vista, y en el suelo vio una botella de champan vacía, el champan favorito de su marido. Agarró el pomo metálico de la puerta, pero no giró la muñeca. Muriel se quedó mirando su mano, sintiendo como el frio del acero se extendía por su antebrazo, y aunque sus ojos se humedecieron, ninguna lágrima estropeó su maquillaje. Cuando los golpes cesaron, ella liberó el pomo. Volvió a su camarote, se sentó en la cama y esperó.

Más tarde, Muriel volvió a salir del camarote. Caminaba tiesa, con la cabeza bien separada de los hombros. Pensaba en su perfecto pastel de bodas, en el momento del corte, ese primer corte que desvirgaría al bizcocho, y que haría sangrar al merengue, ese primer corte que le pertenecía solo a ella, y a nadie más. Muy lentamente, se deslizó por cubierta. Los invitados le sonrieron y se apartaron al verla pasar, y cuando por fin llegó junto a la tarta, se encontró con su marido. Estaba junto al pastel, con un tenedor en la mano. Comía. El pastel estaba agujereado. Había agujeros por todas partes, y su marido agarraba a una de las amigas de su hija por la cintura. La chica abría la boca, y su marido reía, metía trozos de bizcocho entre sus labios estrechos, reía, y ella relamía el merengue con los pliegues de su lengua, y la tarta continuaba agujereada.

Alguien gritó «¡vivan los novios!». Hubo una carcajada, cuchicheos, y entonces Muriel vio algo moviéndose dentro del pastel. De uno de los agujeros del bizcocho surgió un miembro alargado, como un gusano, pero más grueso, mitad negro y mitad rosa. El miembro hurgaba en el bizcocho, se alimentaba de él, y hacía que el agujero fuera cada vez mayor. Muriel miró a los invitados con los ojos muy abiertos, pero nadie más parecía haberse percatado de la presencia de aquel ser reptante y viscoso. Su marido seguía riendo. Su mano serpenteaba por la cintura de la chica mientras ella limpiaba el merengue de sus labios. La mano bajó todavía más. Apretó una nalga, y entonces, de repente, algo golpeó el barco.

El navío se zarandeo como un pato de goma perdido en una acequia. Un rugido agudo hizo que Muriel se tapara las orejas, y el barco se lleno de tentáculos. Otro rugido cortó el viento. El gusano despedazó la tarta, pero no era un gusano, sino otro tentáculo. Docenas de tentáculos negros y alargados, gruesos como pitones, se movían ahora por cubierta. Agarraban a los invitados, que gritaban indefensos mientras los tentáculos los cogían por el cuello y los lanzaban por la borda.

Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, un tentáculo se lanzó sobre Muriel y la golpeo en la cabeza. Trastabilló, tropezó con su vestido, y cayó sobre el pastel. Su cara se empapó de merengue. Las almendras se metieron por los agujeros de su nariz, haciéndola escupir pedazos de bizcocho. Su pastel, su perfecto pastel de bodas, era ahora un amasijo de pulpa marrón, una ruina pegajosa y azucarada, y ella estaba tendida sobre él, destrozándolo con el movimiento de sus brazos. Otro tentáculo la golpeo en las costillas. Muriel se retorció sobre si misma; escupió un gajo de sangre, y entonces recibió otro golpe en la espalda, y otro en el esternón. Trató de levantarse, pero otro tentáculo se encargo de tumbarla. Volvió a intentarlo, y recibió otro golpe, y otro, y otro…, así hasta que quedo tendida sobre una mezcla de bilis, merengue y sangre. Los tentáculos se irguieron orgullosos, y otro rugido córtante, de cristal contra pizarra, laceró los tímpanos de Muriel. Ella trató de levantarse una ultima vez, pero un tentáculo la empotró contra los húmedos tablones de madera. Muriel soltó todo el aire que quedaba en sus pulmones. Y pensó que era el momento de rendirse. Ya no le quedaban fuerzas para plantar cara, ya no le quedaban fuerzas para revelarse.

Pero entonces, tendida sobre las ruinas de su pastel, vio un destello.

Era débil, titubeante, y azul. Era su cuchillo nupcial, el sable que debía haber cortado el pastel de bodas, su pastel de bodas, y como si le hubieran dado de beber agua hirviendo, Muriel sintió una intensa quemazón recorriendo su garganta. De repente la pulpa del pastel ya no era pulpa, sino esponjosos pedazos de su vida. Los tentáculos habían desmembrado su carne, su piel, sus entrañas, pero Muriel se aferraba ahora al fuego que ardía en su ombligo. Un fuego vivaz, un fuego salvaje. Un fuego que la obligaba a levantarse.

Estiró un brazo y cogió el cuchillo. Uno de los tentáculos voló hacia ella, pero lo cortó de un tajo. Luego rebanó un tentáculo que la agarraba del tobillo, y otro rugido estalló en cubierta. Un rugido más grave, menos confiado.

Muriel se puso en pie lentamente. Le temblaban las rodillas, de su boca caía un hilillo de baba amarillenta, y su traje estaba punteado de rojo. Los tentáculos se agruparon frente a ella. Se irguieron, apuntaron hacia la cabeza de Muriel, y sus puntas se abrieron en una docena de bocas dentadas.

Los tentáculos rugieron, y Muriel también enseñó los dientes.

Levantó los brazos, el cuchillo en guardia.

Y cuando los tentáculos salieron lanzados hacia ella, contraatacó.

Aitor Díaz Relatos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *