Durante mi primer paseo conocí a los árboles. Fue hace mucho, al despertar, y fue un paseo a escondidas. Mis hermanos me habían prohibido hablar con las ramas, pero yo me colé en el bosque, y los árboles fueron muy amables. Aprendí a escuchar, a silbar y a temer las cosas pequeñas y amarillas. 

En el segundo paseo, aún verde, descubrí a los insectos. Asistí a sus reuniones y escuché a las cucarachas cantar. Bailaban y trinaban que algún día la tierra sería suya, y mientras tanto, a lo lejos, las tarántulas y los escarabajos rodaban patas arriba.

Entonces, me olvidé de los paseos.

Regresé a casa. Ayudé a mis hermanos con la siembra de las estrellas, y no fue hasta un segundo más tarde, el día del alcornoque, que no volví a sentir ganas de pasear.

Pero mi tercer paseo no fue verde, sino gris. El bosque olía a silencio, y allí había un hombre. Era alto, alto y recio, con mucho pelo en la cara. Yo tenía forma de cerezo; me había pintado de marrón, arrugado las mejillas, y cuando el hombre se acercó a mi, hice que mi cara fuera como la suya. Lo imité hasta el ultimo centímetro, pero no se mostró agradecido. Gritó. ¡Grito como un abedul! Ablandé mi piel para calmarlo, y él me cortó el brazo con una centella. Imité su sangre, sus gritos, el tallo de sus huesos, y fue entonces cuando escuché a un hombre más pequeño, con la mirada de un insecto. Aquella criatura despertó mi curiosidad, así que me transformé en él. Me convertí en una palabra pequeña, tan densa como un espejo, y el hombre me llamo niño. ¡Niño!

Yo tenía cuerpo de niño, voz de niño, y los hombres eran titanes. Me encerraron en un jubón índigo, bajo corpúsculos morados. También había centellas, pero rodantes, con dientes, y que giraban a gran velocidad. Hablé en la lengua de los titanes. «¡Quiero aprender!» —dije. «¡Quiero hablar!» y una centella raspó mi estómago. Volví a intentarlo: «¿Son esto palabras?». La centella brilló. Cortó mis tripas, y yo grité. Grité como un niño, grité como un hombre, grité en silencio, como el bosque, y tras el aullido plateado, mi garganta se hizo añicos.

Desperté al rato, partido por la mitad. Una centella pendía de un hilo.

«¿No tenéis voz?», susurré.

La centella serró mi lengua y yo, atento a las motitas carmesí, me sentí corteza.

Aquel día mis hermanos aterrizaron en el Bosque, y las cucarachas, por fin, fueron las reinas.

Aitor Díaz

Aitor Díaz Micro

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *