Calistea vendía dulces en un pueblo de Soria una vez al mes. Lo hacía junto al resto de novicias del convento, bajo las instrucciones de Antonia, la hermana superiora, y el hábito que utilizaba para esos días, que siempre caían en domingo, era dos tallas más grande que el que usaba en el convento. Era un habito ancho, con suficiente tela como para que sus pechos quedaran convertidos en una única bolsa de aire y la suficiente caída como para que sus caderas no pudieran ser imaginadas por ninguno de los hombres del pueblo. Era como un saco de patatas, necesario para que los muchachos no silbaran al verla pasar y para que las mujeres estuvieran más tranquilas. Aún así, las curvas del cuerpo de Calistea podían intuirse cuando se sentaba o cuando se agachaba para sacar las cajas de mazapanes del carromato. «¡El bosque, enséñanos el bosque!». Largas colas de hombres se formaban frente al puesto que las monjas montaban en el mercado, el ultimo domingo de cada mes. Todos querían ver a Calistea, aunque había una circunstancia que hacía que dejaran de prestarle atención y era que la propia Antonia, hermana superiora, de habito ceñido y fino, vendiera dulces junto a ella.

Si Calistea era bella, Antonia podía considerarse una diosa. Al caminar parecía deslizarse por encima del suelo, como si sus sandalias fueran demasiado delicadas para la tierra, el barro o la nieve estacional y sus ojos eran pozos de un fondo azul oscuro e infinito. Y no solo los hombres se sentían afectados por su presencia. La misma Calistea creía experimentar lo que los muchachos del pueblo sentían al verla a ella. La hermana superiora —mejicana, de piel brillante y marrón, como de cacahuete—, le parecía la criatura más hermosa de todo el valle, incluso de toda Soria, de modo que al verla, ya fuera en el convento, o sentada en el mercado, junto a ella, sentía sed y una terrible incomodidad. Además, Antonia era implacable en la virtud, de modo que Calistea procuraba no mirarla más tiempo del estrictamente necesario. Junto con el resto de novicias, Calistea cumplía las instrucciones de la hermana superiora con precisión y humildad, aunque muy de vez en cuando, cuando coincidían desnudas en los baños de piedra o cuando, en verano, limpiaban la ropa en el rio, se permitía contemplarla de reojo. «A las diosas hay que adorarlas», escuchó una vez en el pueblo, aunque no recordaba a quién. «Son diosas, ¡diosas!»

Una noche, ya en otoño, Calistea escuchó un ruido mientras dormía. Se despertó, pero mantuvo los ojos cerrados, aún adormilada. El ruido volvió a repetirse, ella parpadeo y vio una figura junto a la puerta de su cuarto: era Antonia, que la contemplaba en silencio, con los ojos bien abiertos y una vela entre las manos. La joven novicia se incorporó de golpe y entonces sus ojos se encontraron con los de la hermana superiora, que no se había movido del sitio. Antonia vestía un simple camisón, cuyo tejido bordeaba sus pechos como una suave gasa de tela de araña y sus piernas crecían largas y marrones hasta el suelo de piedra. Olía a hierba húmeda, a tormenta, aunque allí no había hierba ni agua. «¿Hermana?», dijo Calistea. Y la puerta se cerró. Antonia había desaparecido y Calistea volvía a estar sola.

A la mañana siguiente, tras asearse, ordeñar las vacas y comer un mendrugo de pan mojado en leche, Calistea se cruzó con la hermana superiora en el comedor. Nada más verla, agachó la cabeza, incapaz de mirarla a los ojos. Sentía una sensación extraña en la boca del estómago, como si el mendrugo de pan estuviera dando vueltas de un lado a otro en su interior y el corazón le latía más fuerte que otros días. En cuanto Antonia hubo pasado por su lado, Calistea levantó la cabeza poco a poco, casi sin pretenderlo, y descubrió que la hermana superiora se había sentado en una de las mesas del comedor, sola. La vio sirviéndose leche y bebiéndola después; se fijo en su boca entre abierta al masticar, vio desmenuzarse el pan entre sus dientes, la lengua recogiendo las migajas pegadas en los labios, la nuez moviéndose arriba y abajo. Y llevada por un impulso irrefrenable, Calistea se acercó a la mesa de la hermana superiora, agarró una jarra de leche y le llenó el vaso.

—¿Qué haces, niña? —preguntó Antonia, clavando los ojos en el vaso, ahora a punto de rebosar de leche blanca y grumosa—. No quiero más.

—Hermana, yo…

Y sin dejar de comer, sin mirar a la novicia, Antonia empujó el vaso hacia delante.

—He dicho que no quiero más —dijo—. Aparta esta leche de mi vista y no vuelvas a dirigirte a mí hasta que te lo ordene.

Calistea se quedo mirando a la hermana superiora. Se sentía incapaz de moverse o de hablar, la leche vibraba dentro de la jarra de cerámica, que aún sostenía en alto. Calistea comenzó a rezar; le rezó a su señor Jesucristo para que aquella mujer levantará la vista; rezó para que, aunque fuera solo durante un instante, Antonia la mirara con sus ojos azules y que en esa mirada hubiera un mínimo gesto de reconocimiento. Solo eso. Una fracción de tiempo en que solo la contemplara a ella y que en ese momento fugaz le revelara si de verdad había sido ella quien había abierto la puerta de su cuarto. Pero ese momento nunca llegó. «No olvides el vaso», dijo Antonia, sin levantar la cabeza, masticando, y Calistea se retiró con un «lo siento» atrapado entre los dientes.

Después de aquel día, Calistea comenzó a tener problemas para conciliar el sueño. Se despertaba de madrugada y se quedaba mirando la puerta, que siempre permanecía cerrada durante toda la noche. Luego, tras levantarse, se pasaba el día agotada. Realizaba labores diarias sin rechistar y sin equivocarse, pero sentía las piernas y los brazos pesados, como si tuviera fiebre. Además, su saliva le parecía más ácida. Era como si todo cuanto entrara en su boca estuviera en mal estado: los mendrugos de pan le sabían rancios, resecos, y el azúcar estaba siempre quemada de más; la leche agría, las judías y las lentejas avinagradas y las habas le producían unos gases terribles y nauseabundos. Todo le resultaba dañino y al no poder dirigirle la palabra a la hermana superiora sentía como si todo ese ardor estuviera creando un agujero en el fondo del estómago, muy abajo, en un lugar cuya existencia le resultaba desconocida. Y por eso rezaba y rezaba. Siempre que tenía ocasión, acudía a la capilla y allí se postraba ante una estatua de su señor Jesucristo tallada en madera de cedro. Entonces rezaba para calmar el fuego, para alejar el mal aliento, que ya comenzaba a ahuyentar a otras novicias, y rezaba, sobre todo, para recuperar el favor de la hermana superiora. Y hasta que no oía crujir la madera, no despegaba las rodillas del suelo.

Y así continuó la existencia de Calistea, hasta que una noche, ya de madrugada, volvió a abrirse la puerta de su cuarto. Al abrir los ojos, descubrió a Antonia, de pie junto al quicio de la puerta entre abierta. De nuevo olía a hierba, a madera mojada. La monja vestía un ligero camisón de gasa blanca y sostenía una vela roja, cuyo fulgor resaltaba el color marrón de sus mejillas. Calistea quiso hablar, quiso decir alguna palabra, la que fuera, pero de sus labios solo emanó un suspiro caliente y agrio, y de pronto se sintió avergonzada por el mal olor de su aliento. Antonia se acercó a ella. Calistea se acurrucó en una esquina de la cama, tapándose con las mantas, como si se defendiera de un fantasma. La madre superiora sonrió, dejó la vela en la mesilla de madera y entonces, muy poco a poco, se sentó en la cama, junto a ella. «Hermana, yo…». Y Calistea dio un brinco cuando la mano de la hermana superiora, fría como los cubos donde recogían la leche recién ordeñada, le rozó un tobillo desnudo. Entonces contempló como los ojos de Antonia (que desprendían un fulgor azulado y eléctrico) se acercaban los suyos y vio unos labios contundentes, de un rosa pulcro, a punto de devorarla. Se tapó la boca, pero Antonia apartó la mano. Y también apartó las mantas y las ropas que cubrían su cuerpo.

Al despertar, Calistea estaba sola y feliz.

Se sentía como en un sueño y con una energía que creía incontenible. Tenía hambre, tenía sed y quería darse un baño largo y con agua caliente. Y quería rezar. Quería darle las gracias a su señor Jesucristo por aquella noche tan maravillosa, pero también quería pan y leche y quería ver a Antonia, aunque solo fuera un momento y de reojo, y quería rozarla, olerla, quería que el día se esfumara para que llegará de nuevo la noche. Se levantó de la cama de un salto. Cumplió con sus obligaciones sin pensar, sin apenas darse cuenta de lo qué estaba haciendo y cuando por fin hubo terminado, corrió al comedor. Allí estaba Antonia, desayunando en su mesa, rodeada de novicias. Se acercó a ella con pasos muy cortos y cuando estuvo cerca se dio cuenta de que en el plato de la hermana superiora solo quedaba un pequeño pedazo de pan. Calistea cogió una bandeja de pan cortado en rebanadas y con ella se acercó a Antonia que, al verla llegar, dijo:

—No quiero más.

Calistea miró a Antonia a los ojos. Sonrió en busca de un pequeño gesto, un además cómplice que diera realidad a lo acontecido la noche anterior. Pero Antonia ni siquiera parpadeó. Con el rostro rígido, bajó la cabeza, utilizó el ultimo pedazo de pan para rebañar el plato y apuró el vaso de leche. Se levantó de la mesa y sin decir una palabra, abandonó el comedor. Calistea se quedó en el centro de un murmullo sostenido y unánime, con la bandeja en alto, rodeada de novicias que la miraban y tapaban sus bocas después. La energía que había sentido a lo largo de la mañana quedó encerrada en un rincón de su cuerpo y empezó a dolerle la barriga, muy cerca del ombligo. Entonces sintió algo más. Y salió corriendo hacia la capilla.

 

***

 

Ocho meses después, con el estómago hinchado por la vida que crecía en su interior, Calistea se arrodillaba. Se postraba frente a Antonia, suplicándole misericordia.

—Se lo juró, hermana, se lo juró…

Calistea agachó la cabeza. Frente a ella estaban Antonia y las treinta y siete novicias del convento, todas contemplándola desde arriba, con los brazos cruzados por delante del vientre y las manos entrelazadas.

—¿Quién es el padre? —preguntó la hermana superiora, con una voz que parecía salir de un molino.

Calistea agarró el rosario que le colgaba del cuello. «No hay padre», quiso decir, pero guardó silencio. Tampoco dijo que en toda su vida solo había compartido lecho con una persona y que esa persona ahora la despreciaba. ¿Para qué hablar? En aquellos ochos meses, Antonia jamás había vuelto a dirigirse a ella si no era para darle alguna orden. No hubo más visitas nocturnas, ni más caricias. Ni miradas.

—Contesta, ¿quién es el padre?

Y Calistea apretó fuerte la cruz del rosario. «Lo juro», y levantó la cabeza y buscó en los ojos de la hermana superiora: «Lo juro…»

—Confiesa o vivirás en la clausura.

«La inmaculada concepción». Eso es todo en lo que Calistea podía pensar, «la inmaculada y divina concepción». Allí, en lo alto de las vidrieras de la sacristía, estaba también la virgen María. La observaba bondadosa envuelta en una túnica azul, con las manos muy cerca una de la otra, en el rezo, como si entre las palmas quisiera contener todo el candor de la tierra. Y Calistea le pidió ayuda. Cerró los ojos. Apretó fuerte la cruz, tan fuerte que creyó sentir fluir la sangre entre los dedos entrelazados y suplicó, suplicó y volvió a suplicar. Pidió piedad para su hijo. Y para ella también.

«Levántate», dijo una voz.

De repente, el tiempo pareció congelarse. Las novicias, lideradas por Antonia, dejaron de moverse. Ahora solo oscilaban; se balanceaban en el sitio, sin que el aire entrara o saliera de sus bocas. Calistea creía estar soñando, pero con los ojos abiertos.

«Levanta, niña», dijo la voz, que sonaba como un rio que crece durante la tormenta, bajo la luz de los truenos, «no te atrevas a ignorarme». Y Calistea obedeció. Se puso en pie muy despacio, agarrándose el vientre, y miró hacia la vidriera. «Solo yo puedo llevar al hijo de Dios, furcia», dijo la imagen de la virgen sin moverse ni deformarse. Solo los vidrios negros que tenía por ojos parecían dotados de vida aunque tampoco se movían. «Clávate el rosario en el vientre, mata a la criatura». Calistea comenzó a temblar. De repente tenía frio; de la boca le salía un vaho grisáceo y etéreo y su hijo, quizás también en medio de una pesadilla, había empezado a dar patadas. Calistea sentía los impactos contra las paredes del estómago, la bilis subiendo por la garganta. «¡Obedece, furcia! ¡Obedece o te convertiré en animal!. Los cristales retumbaban. La imagen de la virgen María continuaba estática, sin el más mínimo movimiento y, sin embargo, la vidriera de la sacristía parecía hincharse y contraerse como si fuera el lomo de un vaca. Y el niño pataleaba. Golpeaba como si quisiera salir corriendo de la carne en la que estaba preso. «¡Obedece, furcia! ¡Obedece!», gritaba la virgen, cuyos ojos negros se habían multiplicado por cien y recordaban a las plumas de un pavo real, «¡Obedece!». Y entonces, desde muy adentro, Calistea gritó: «¡No!».

El tiempo volvió a su curso. Antonia preguntó otra vez por la identidad del padre del niño y la virgen, inmóvil, gritó: «¡Una osa, serás osa harapienta y sucia!».

Calistea miró a la hermana superiora a los ojos. Luego miró a la novicia que tenía a su derecha y luego a la que esta tenía al lado. Y así fue mirando a todas las monjas, una a una, sosteniéndoles la mirada el tiempo que consideró oportuno. Entonces, sin que nadie se lo ordenara, se quitó el habito y el rosario, y se arrodilló.

—Llevo dentro al hijo de nuestro señor Jesucristo —dijo—. Haced conmigo lo que queráis.

 

***

 

El hijo de Calistea pesó cuatro quilos y medio.

Calistea lo llamó Arco, pero como vivía encerrada en una celda de clausura y ninguna monja hablaba con ella bajo ningún pretexto, jamás podía escuchar cómo sonaba ese nombre en labios que no fueran los suyos. «Arco», el pequeño guerrero, le decía, acunándolo en brazos, y Antonia entraba en la celda: «Solo tendréis un tinaja de agua al mes». «Arco», decía Calistea, mientras su hijo chupaba de sus pechos secos y arrugados, «Arco, me haces daño, no hay más, por favor…», y Antonia mandaba un mendrugo de pan por semana y un vaso de leche: «Ni agua ni aseo hasta que confieses»; «Arco, mi amor, para…», y a Calistea y a Arco les crecía el pelo, un pelo negro y rizado, que se les enroscaba por alrededor del cuello, las piernas y los brazos como si fueran raíces negras de mala hierba; un pelo que no podían arrancar de ningún modo, un pelo fuerte como cuerda de barco y que brotaba de todas partes: pequeños bosques de matojos filamentosos se les formaron en los sobacos y las entrepiernas y estos, como incendios, se extendieron por el resto de sus cuerpos. De las cabezas de Arco y su madre caían cataratas de pelo sin vida y sin brillo, pero que no dejaba de crecer. «Confiesa y os lavaremos; confiesa y tendréis de comer». «El padre». «Nuestro señor Jesucristo». «Arco, mi querido niño, no me pellizques». «¡Confiesa!». «Jesús». «¡Una osa, sucia y pordiosera!». «¡Mátalo, furcia!». «Santificado sea tu nombre…, amén».

 

***

 

Pasaron tres años. Los cuerpos de Calistea y su hijo se habían cubierto por completo de pelo y mugre, y pasaban las horas de encierro cazando moscas y gusanos con los que poder alimentarse. Calistea no había dejado de rezar, aunque ahora lo hacía tumbada boca arriba en el catre, ya que arrodillarse y ponerse de pie después le resultaba agotador.

Durante uno de esos rezos, una mañana de abril, Arco vio una araña. Era grande, suculenta, así que corrió tras ella sin prestar atención en donde ponía los pies. Tropezó con una piedra. Cayó de bruces hacia delante y se golpeó contra el portón de madera, abriéndose la cabeza. Calistea reaccionó de inmediato. Contuvo la sangre que manaba de la brecha con un paño (el menos apestoso de la celda) y luego preparó un vendaje a partir de las sabanas roídas y pestilentes del catre. En cuanto Arco dejó de sangrar, Calistea le lamió la herida, embadurnándola con su propia saliva.

Pero no fue suficiente. La herida de Arco se infectó y el niño cayó enfermo; le subió la fiebre hasta arder y Calistea lo metió en la cama para que sudará todo lo que tenía que sudar. El muchacho no mejoraba; al contrario, cada día estaba más pálido y tenía los labios más azules, de modo que el penúltimo martes del mes, cuando Antonia abrió la puerta, Calistea se echó a sus pies.

—¡Te lo suplico! —rogó—. Llévatelo. ¡Cúralo, por favor!

—Confiesa.

Calistea contempló los ojos de Antonia sin animo de rendirse: quería recodar aquel tiempo en que aquellos ojos eran como de cristal, quería recordar el cuerpo desnudo que, como una segunda piel, la había envuelto aquella noche de primavera, y quiso que sus plegarias conmovieran a aquel ser generoso que había invadido su cuarto durante aquellas dos madrugadas cenicientas.

—Por favor…

—Confiesa.

Y Calistea rompió a llorar. Antonia mandó a las novicias entrar y estas dejaron la tinaja de agua junto a al cama. La puerta se cerró. Arco gemía. La tinaja no sería suficiente, pensó Calistea al levantarse, al verse reflejada en la cortina turbia de agua y con pedacitos de cerámica marrón; no lo sería en absoluto.

Calistea pasó las siguientes dos semanas mojando y secando. Hacia lo imposible por contener la infección que asolaba el cuerpo de Arco, pero el agua se consumía y el aliento del niño era cada vez más entrecortado y dificultoso. Entonces llegó el día en el que la tinaja se quedó vacía. En ese mismo instante, Calistea entrelazó los dedos y se dejó caer en el catre, junto al cuerpo frio de su hijo. Lo abrazó y sin querer saber nada de María ni de Antonia dejó que sus pensamientos volaran hasta aquella estatua de madera de cedro que ahora le parecía tan lejana e irreal. Se concentró en las imperfecciones que formaban la piel de su señor Jesucristo, imaginó su calvario, las arrugas debajo de sus ojos, y entonces, en medio de la gran bóveda negra formada por sus párpados cerrados, se sintió cansada y se durmió.

«Despierta».

Y Calistea, como aquella noche en su cuarto, despertó sin abrir los ojos. «Mírame». Un parpadeo, un gemido, y allí está Jesucristo, junto a la tinaja. La contempla de pie, completamente desnudo. No lleva el paño de pureza, ni la corona de espinas, pero a Calistea no le queda la menor duda de que se trataba de Dios y de que juega con el tiempo. «Levántate», dice Jesús, «deja que te ayude». Y le ofrece la mano y la ayuda a levantarse y coge a Arco y lo coloca entre los brazos de ella. «¿Aún me amas?».

Calistea acomoda a su hijo en el hombro derecho y con la mano libre abofetea a Jesucristo. Al hacerlo, siente como si hubiera golpeado una de las mesas del comedor.

Jesús no se inmuta. Sopla y una ligera brisa tumba la tinaja, que cae al suelo y derrama unos cuantos galones de agua que, hasta hacía un momento, no existían. Se forma un charco en el suelo de piedra y Jesús camina sobre él; llega hasta la puerta y la abre. «Sígueme», dice, y Calistea ve el reflejo de su señor Jesucristo en el agua, pero su barba no es marrón, sino gris, y sus ojos tienen el mismo fulgor azul que los ojos de Antonia. Y en el charco se refleja también un rayo, y Calistea escucha el graznido de un águila y huele a hierba, a tormenta, pero allí no hay nada de eso.

Jesucristo conduce a Calistea (que camina con su hijo en brazos) hasta el tejado del convento. La noche es clara. No hay nubes y todas las constelaciones del firmamento vibran con fuerza: brilla la vía láctea, Orión huye de la cola envenenada de su asesino y el cepillo de Perseo resplandece, fresco como el alba; y las estrellas se mueven, dejando un hueco entre ellas, un espacio negro que Calistea no recordaba haber visto nunca vacío.

Jesús se asoma al borde del tejado y mira hacia abajo, hacia la caída de treinta metros que los separa del suelo. Entonces se gira y Calistea ve en sus ojos los de Antonia, esos ojos que, años atrás, la observaban desde el quicio de la puerta de su cuarto. Los mismos ojos. «Fuiste tú», dice Calistea, y Jesucristo extiende un brazo hacia el cielo negro. «Aquí tienes tu camino». «Embustero».

Calistea se acerca al borde del tejado; contempla la caída y la nieve acumulada sobre las rocas que dan a la entrada del convento. Arco está dormido y frio. No parece respirar aunque una leve corriente de aire caliente mueve los mechones del pelo enmarañado que tapan su boca. «Seréis libres». Un dedo estirado señala al vació, hacia las estrellas, y luego hacia la nieve de la entrada y Calistea se da cuenta que desde allí, desde las alturas, también se observan los cristales de la capilla, ahora recubiertos por una fina capa de hielo. Ve a la virgen María envuelta en su manta azul, confortable y cálida, y piensa: «animales», y la manta se transforma en el plumaje extendido de un pavo real, los cien ojos de la diosa, que brillan bajo la escarcha. «Ella no es ella». «Somos quien queremos ser, niña». Se acerca tormenta, estallan rayos en el horizonte.

Arco suspira o, más bien, gruñe. Trata de abrir los ojos, pero no tiene fuerzas para apartar el pelaje que le cae por encima de la cara. Sus dientes son amarillos y su piel recuerda a la corteza de un mendrugo de pan. «Libres». Calistea sonríe aún a sabiendas de que su hijo no puede verla. «Libres».

Calistea se acerca a Jesucristo. «Tú no eres él». Le escupe en la cara y salta al vacío con su hijo en brazos. Caen sobre la nieve virgen y blanca, pero de poco espesor. Mueren al instante. Y el hueco del cielo se completa con dos nuevas formas. Dos osos. Una mayor y otro menor.

Aitor Díaz Relatos

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *